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El vaso femenino de Vermeer

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Vermeer Van Delft es un pintor del siglo XVII exquisito y a la vez inquietante. De él se conservan unas 36 obras que ejercen una extraña fascinación si se tienen en cuenta los intentos de robo de sus cuadros. Éste que hemos seleccionado, desde nuestro mirar actual, parece algo obvio: una mujer bebiendo con un supuesto galán, dispuesto a hacerle la corte. Cabría pensar que observa con cierta satisfacción la posible presa cuando el vino haya llevado a cabo sus efectos; el cuarto, en oscuridad parcial, se presta también, sin duda, a este tipo de interpretación. Pero este cuadro es mucho más. Estamos en pleno siglo XVII cuando los criterios de distinción, en el ámbito de la vida mundana, comienzan a ampliarse y a tener un lugar propio e importante en el conjunto de la vida social. Una prueba palpable es la creciente necesidad de nuevas palabras para designar nuevas formas de gusto, palabra que emerge con fuerza inusitada y que toma una importancia de gran magnitud en todo el entramado social. El gusto va a convertirse en la piedra de toque esencial para situar culturalmente a los individuos, tanto en lo referente a lo que ellos son como a la relación que cada hombre mantiene con las cosas que le rodean. Y es que sería difícil, incluso, determinar con cierta precisión los límites cronológicos de aparición del llamado “gusto corporal” y del “gusto espiritual”. Puede decirse que son paralelos en el tiempo. Aún más, ese gusto espiritual revierte, en flujo continuo, hacia todo aquello que tenga que ver con el campo de lo corporal. No hace falta señalar la importancia de las percepciones alimentarias de este siglo, que se deja ver en la fluctuación de estos dos textos. El primero de Voltaire: «El gourmet siente y reconoce con prontitud la mezcla de dos licores; el hombre de gusto, el entendido verá en una mirada pronta la mezcla de dos estilos». El segundo, de la Academia francesa (1694-1717): «Se dice que un hombre es ‘friend en vin’ para decir que es exquisito y que entiende de buen vino». La Academia perfila más los contornos del gusto, al particularizar y a la vez ampliar el campo semántico de la gastronomía. El individuo, como sujeto receptor de cosas materiales, va configurando su personalidad en función de ellas. Y en esta encrucijada tenemos este cuadro de Vermeer. Los retratos de dos personas (tan frecuentes en una misma tela en tierra protestante) que, aparte de interpretaciones más o menos moralizantes de cariz amoroso, nos atraen por esa figura femenina: una copa ancha, nariz dentro de la copa que sujeta como una perfecta experta, hasta formar parte misma de su rostro. Aquí lo verdaderamente importante es el acto genuino de beber, que cobra significado por sí mismo. La mujer se sitúa, de este modo, en la escala del hombre. No hay rastro alguno de espiritualidad porque ésta ha sido trasvasada al gusto corporal, físico y mundano. Simplemente se deja llevar, y se define, por su gusto. Y esto la hace ser una persona a la altura de su tiempo.

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